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 Calenduras
ALTAR PARA LA REDENCION DE CALÉNDULAS
a Humberto Garza, en Houston
Por la piel de sudario, en altamar, resbalan cuentas de jade y es mínimo este cielo, arrojado como trapo de muerte a la atalaya.
Las esferas se abren para el cruel deslumbramiento de los hombres como si vinieran del fuego (sólo del fuego lustral de algún intercesor) a cumplir este pacto.
El telar quiere volver en relámpago. ¿Quién nos tejería -luego del tiempo- un árbol prodigioso, apenas visible, donde llorar la infamia (esa madrastra enmudecida) hasta quemarnos los ojos?
Traeré la música escondida por los siglos de terror en el vientre de la usura. Música como mansión de lobos arrebatando las antorchas de la sumisión hecha jirones.
Nupcial la sed, nupcial el mimetismo. En cada tentación hay realidad que me derrumba y me alza al lenguaje y sus canteras para hacer el mar de una muralla.
¿Cómo gritar y cantar en alabanza mi feroz pronunciamiento de luz, las viejas chimeneas del sueño en los ojos de una araña, la rueca dorada ante el desierto de sal de Africa que llueve en esta jaula roja?
Musicadora lengua tan ávida del vino del misterio. (Cava en mis ojos un espesor de escalofrío. ¡Cava!) Desengáñate de todo, por favor, pero vuelve a habitarme.
Vientos de invierno flagelan quemaduras que no digo. No pidas treguas para la condena, ni caireles que ahoguen mi suspiro, pecíolos donde beber el dulcísimo pus de tu muerte.
La lluvia, sus huesos por el mundo. La condenada a ser mendiga entre los aguijones de un ignoto invitado a la fiesta de tu desaparición. ¿Y por qué robas la carroza del héroe?
El merecimiento de la soledad: duros postigos para abrir de un golpe a las caléndulas mirantes, las que proclamen tan cerca de mí nada más que farsa con tiniebla, pero elegantísimas.
Manuel Lozano Buenos Aires, julio de 2005
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